Trump presidente: tiemblan los partidos, no el sistema

Por Nicolás Zyssholtz

notas.org.ar-11/11/2016

Cuando la victoria de Donald Trump en las primarias republicanas comenzó a ser una realidad, se la vio como un síntoma de la descomposición del Partido Republicano, proceso que había comenzado en el final de la presidencia de George W. Bush, en plena crisis económica, y se había consolidado con la aparición del Tea Party, y el consecuente descrédito de la élite dirigente del Partido.

Algunos meses después, el GOP aparece sólido. Aún en una situación compleja por la tirantez entre el presidente electo y la dirigencia partidaria, tendrá a partir de 2017 el control del Ejecutivo, la mayoría en las dos Cámaras del Congreso y el gobierno de 34 de los 50 estados. El peso de la crisis pasó a la vereda de enfrente.

Finalizada definitivamente la dinastía de los Clinton, sin perspectivas de un papel central de Barack Obama, el Partido Demócrata busca un nuevo liderazgo. La exitosa, aunque insuficiente, recorrida de Bernie Sanders en las elecciones primarias expresó el descontento con los dirigentes tradicionales y empoderó al ala izquierda del partido.

A pesar de su ubicación en las antípodas ideológicas, Sanders y Trump expresaron cambios al interior de los dos partidos mayoritarios estadounidenses. Y ambos lo hicieron al interior de las estructuras tradicionales, aún mientras las combatían desde el discurso.

Porque demócratas y republicanos están en crisis, pero el bipartidismo no. El sistema que alimenta a las dos formaciones se mantiene inalterable, como lo demuestran la intrascendencia de las candidaturas de terceros partidos, ya sea Gary Johnson, Jill Stein o el bueno de Evan McMullin.

Los amigos del campeón

En su primera visita a Washington como presidente electo, después de pasar por la Casa Blanca Donald Trump se dirigió al Capitolio. Allí, mantuvo reuniones con los -hasta ahora- hombres más poderosos del Partido Republicano: Paul Ryan, portavoz de la Cámara de Representantes, y Mitch McConnell, jefe de la mayoría del Senado.

Su relación con ambos no estuvo exenta de tensiones. Si bien McConnell lo apoyó incluso durante las elecciones primarias, nunca abandonó sus reservas respecto a la capacidad política del millonario. “Necesita alguien con experiencia y conocimientos, porque es bastante obvio que no sabe mucho de los asuntos”, llegó a afirmar en junio.

Los cruces con Paul Ryan fueron más fuertes y recientes. En agosto, ya confirmado como candidato republicano, Trump se negó a apoyar al portavoz de la Cámara en su búsqueda de la reelección como representante por el primer distrito de Wisconsin, que finalmente consiguió este 8 de noviembre.

En octubre, Ryan anunció que dejaría de participar activamente de la campaña de Trump, luego de que se hiciera público el video en el que el magnate daba a entender que su fama y dinero le permitían acosar mujeres.

Ahora, a pesar de todo, es The Donald quien está al mando. Él, Ryan y McConnell se necesitarán mutuamente para llevar adelante la agenda que tienen en común: derogar la Ley de Tratamiento Accesible (“Obamacare”) y elegir un juez conservador para la Suprema Corte.

Los jefes republicanos en el Congreso ya empezaron a demostrar que aceptan el hecho indiscutible que surgió de las elecciones: Donald Trump supo interpretar a la base republicano, e incluso ampliarla. La reconstrucción del partido partirá desde allí.

La incógnita del recambio

La victoria de Hillary Clinton en las elecciones primarias evitó que el Partido Demócrata se ocupara de un debate necesario. La popularidad de Bernie Sanders demostró el descontento de las bases con la elite dirigente del partido.

Tras la inesperada derrota del 8 de noviembre, la discusión es inevitable. Con Obama y los Clinton fuera de carrera, la cuestión va más allá de los nombres y hace a la dirección política que tomarán los demócratas en el futuro cercano. Indudablemente es el ala más progresista la que sale favorecida.

Bernie Sanders es profundamente popular, pero tiene 75 años y parece poco probable que pueda ser candidato en 2020. La senadora Elizabeth Warren, también con altos niveles de conocimiento y simpatía entre el progresismo estadounidense, tiene 67.

Las figuras jóvenes emergentes entre los demócratas son prácticamente desconocidas y continúan expresando la disputa entre el progresismo y el establishment.

Cercanas a Sanders aparecen Kamala Harris, recién electa senadora por California, y Tulsi Gabbard, representante por Hawaii; del lado opuesto, los gemelos Julian y Joaquin Castro, y el senador por Nueva Jersey Cory Booker. Todas figuras aún menores y desconocidas para el gran público.

La esperanza demócrata hacia 2020, entonces, no reside en nombres si no en otro factor, el mismo que, se suponía, iba a servir para mantener la presidencia en 2016: el factor demográfico.

Mientras la población estadounidense se vuelve menos “blanca”, la base republicana se reduce y favorece, en teoría, a los demócratas. Aunque no fue suficiente el 8 de noviembre, es un proceso que continúa. Sin embargo, recuperar el favor de la clase trabajadora blanca del Norte y el Medio Oeste, que se inclinó notoriamente por Trump, será una tarea indispensable.

Ni naranja ni verde

A pesar de todo, el bipartidismo se mantiene sólido. Las opciones alternativas volvieron a cumplir un papel marginal en la elección. Al cierre de este artículo aún quedan votos por contar, pero Gary Johnson (Partido Libertario) y Jill Stein (Partido Verde) no sumaron de manera combinada el 4% del apoyo.

Las “revoluciones” políticas que ocurrieron en los Estados Unidos durante 2016 se dieron al interior de los partidos. Los liderazgos tiemblan, pero el sistema no.

El Partido Republicano deberá acomodarse a la conducción de Trump, y el Demócrata resolver la disputa en su interior y encontrar una cara nueva que le permita recuperarse de la derrota. Al menos cuentan con la tranquilidad de que seguirán siendo los únicos invitados a la discusión política.

Foto de portada: ivn.us

Anuncios