Suníes y chiíes: el mito de los odios remotos y el nuevo mapa de Oriente Próximo

Por Martí Nadal

elordenmundial.com-14/11/2016

¿Se encuentra Oriente Próximo sumido en una guerra total entre las dos grandes corrientes del islam? Indagar en los conflictos de la región es necesario para desmontar relatos que desligan la violencia actual de eventos contemporáneos y en su lugar la asocian a odios étnicos ancestrales.

¿Vienen suníes y chiíes luchando desde el cisma que dividió a los musulmanes tras la muerte de Mahoma en el año 632? Dando un vistazo rápido al mapa de los conflictos de la región, da la impresión de que en los países donde cohabitan suníes y chiíes acaban enfrentándose sin remedio. En Siria, el régimen de Bachar al Asad, dominado por la minoría alauí, una rama lejana del chiismo, se enfrenta a una oposición formada mayoritariamente por grupos islamistas suníes. En Irak, la caída del suní Sadam Huseín elevó al poder a la mayoría chií, que ahora debe hacer frente a una insurgencia liderada por el grupo terrorista Estado Islámico en las regiones suníes del país. Y, en el olvidado Yemen, los hutíes, una milicia perteneciente a la rama zaydí del chiismo, han tomado la capital del país y desde enero de 2015 sufren los bombardeos de una coalición liderada por Arabia Saudí. A todo ello debe sumársele la guerra fría que protagonizan la república islámica chií de Irán y Arabia Saudí, bastión del fundamentalismo suní, cuyas disputas se han esparcido por todos los campos de batalla de Oriente Próximo.

Las divisiones etnorreligiosas de Oriente Próximo. Fuente: The Gulf blog
Las divisiones etnorreligiosas de Oriente Próximo. Fuente: The Gulf blog

El sectarismo —entendido aquí como un enfrentamiento entre las distintas ramas del islam— es sin duda un componente pujante en los conflictos actuales. El autodenominado Estado Islámico y sus pretensiones genocidas han convertido en habituales los ataques suicidas en barrios chiíes de Damasco, Bagdad o Saná, que han dejado miles de civiles muertos. A ello debe sumársele la proliferación de milicias chiíes que a menudo vejan y aterrorizan a las poblaciones suníes, antes controladas por grupos yihadistas. La retórica sectaria también se ha asentado en el actual alboroto regional, promovida por clérigos y autoridades fundamentalistas y difundida a través de las cadenas por satélite y las redes sociales. El teólogo y figura televisiva Yusuf al Qaradaui, que presenta el programa más popular de Al Jazeera, la cadena más vista del mundo árabe, ha acusado a los alauíes de ser “más infieles que los judíos y cristianos”; por su parte, otro célebre locutor de la misma emisora ha pedido en más de una ocasión la limpieza étnica de chiíes y alauíes sirios.

Respaldados por este lenguaje sectario, los medios occidentales han asumido que los conflictos en Siria, Irak y Yemen forman parte de una guerra histórica de aniquilación étnica donde los Estados y las milicias se alinean en un bando u otro dependiendo de su afiliación religiosa. Esta lectura etnorreligiosa de la violencia que hoy sacude a Oriente Próximo es denominada “relato de los odios remotos” (ancient hatreds narrative, en inglés), pero, tal y como veremos, ese relato es en realidad un mito.

El relato de los odios remotos: de Yugoslavia a Oriente Próximo

El origen de esta teoría sobre odios étnicos perennes se encuentra en el final de la Guerra Fría y no se ha aplicado solo a suníes y chiíes. El primer caso que se popularizó ocurrió tras la desintegración de la Yugoslavia comunista. Autores como Samuel Huntington o Robert Kaplan ayudaron a definir la guerra en Bosnia como un conflicto plenamente étnico-religioso entre croatas católicos, bosnios musulmanes y serbios ortodoxos. Asimismo, se construyó un relato que sugería que el comunismo fue solo un parche transitorio que unió unos grupos étnicos que realmente llevan odiándose desde hace siglos. El derrumbe del fuerte gobierno central precipitó la violencia, que solo había sido contenida, pero nunca erradicada.

Hoy en día, muchos artículos que pretenden explicar la violencia actual entre suníes y chiíes en Oriente Próximo siguen pautas similares. El relato suele repetirse así: tras morir el profeta Mahoma, se desató una crisis sucesoria. Por un lado, algunos musulmanes consideraban que Abu Bakr, amigo del profeta, debía ser el nuevo líder, mientras que otros fieles eran partidarios de su primo Alí. Los seguidores de Abu Bakr vencerían y acabarían convirtiéndose en los suníes; los partidarios de la línea familiar de Alí, los chiíes, serían derrotados, convirtiéndose en una minoría frecuentemente perseguida dentro del islam. Nacía así un odio eterno e inalterable, ahora desatado por la ausencia de una autoridad superior que los mantuviese unidos.

En su pretensión de responder a la pregunta “¿Por qué se matan suníes y chiíes?”, los medios occidentales a menudo consideran las guerras en Siria e Irak como de aniquilación étnica, con origen en las disputas sucesorias a la muerte de Mahoma, en la veneración de santos, en interpretaciones distintas del Corán y demás diferencias doctrinales. El impacto de los eventos históricos y políticos contemporáneos son erróneamente desechados.

En ninguno de los conflictos en Oriente Próximo hay solo dos bandos definidos por la confesión religiosa. El intento de explicar de forma simple la violencia por parte de algunos medios a menudo lleva a reduccionismos absurdos. Fuente: Chappatte (International New York Times)

Las guerras que vienen ocurriendo en Oriente Próximo desde hace 1.400 años no son fruto de antipatías sectarias, irracionales e imperecederas. Y tales odios no constituyen el motor de los conflictos, sino su consecuencia. El relato de los odios remotos está basado en conceptos erróneos, magnifica enemistades sectarias e ignora los elementos geopolíticos y sociales y los intereses de los Estados de Oriente Próximo.

Dicha teoría es heredera del orientalismo clásico, que presupone que el oriental, el musulmán, se guía por su identidad más primaria, la religión, en todos los aspectos de su vida. De este modo, los medios occidentales tienden a buscar explicaciones étnicas y religiosas en conflictos que estallan por problemas socioeconómicos y políticos y que se enquistan por los cálculos geopolíticos interesados de potencias exteriores. Los sirios no se levantaron contra Al Asad porque es alauí ni Irán salió a su rescate porque comparten ciertas creencias.

La principal consecuencia del relato de los odios remotos es la construcción en nuestro imaginario de dos grandes bloques monolíticos y antagónicos constituidos por suníes y chiíes. No existen matices nacionales, ideológicos, lingüísticos o socioeconómicos dentro de estos dos grupos y se presupone una enemistad y un fervor religioso a individuos, a milicias e incluso a países que en realidad carecen de ellos.

Rivalidad dentro de la secta y alianzas intersectarias

En realidad, los países y milicias que los medios adscriben dentro del sunismo o el chiismo no son ni se comportan como bloques homogéneos y por ello utilizar las dos sectas como las dos principales unidades de análisis en las relaciones internacionales de la región conducirá a más equívocos que a aciertos.

Suníes

Por un lado, el bando suní en realidad está resquebrajado en tres frentes visibles. De entrada, la wahabita Arabia Saudí ejerce de líder de un grupo de países que pretenden preservar el statu quo regional. Junto a Riad caminan el Gobierno secularista egipcio de Abdelfatá al Sisi y las monarquías de Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin. Entre sus prioridades figura diezmar el expansionismo iraní allí donde surge. Es por ello que derrocar a Al Asad, un fiel aliado de Teherán, es uno de sus principales objetivos. Además, dichos países vieron las revoluciones árabes de 2011 como un grave reto a su hegemonía.

No obstante, los partidarios del statu quo deben lidiar con rivales dentro de su propia secta. El pequeño reino de Qatar lleva años ejerciendo una política exterior potente, pero flexible, que le ha llevado a aliarse con los islamistas Hermanos Musulmanes y Turquía. Este grupo, que en teoría es ideológicamente cercano al islamismo de Arabia Saudí, supone a la vez uno de sus mayores dolores de cabeza. A diferencia de sus vecinos, Qatar percibió las malogradas Primaveras Árabes como una oportunidad para extender su influencia. Es por ello que celebraron la caída del régimen de Mubarak en Egipto y la ascensión al poder del islamista Morsi. Su continuo apoyo a los ahora depuestos Hermanos Musulmanes egipcios acarreó en 2014 la peor crisis entre las monarquías del Golfo: Arabia Saudí, los Emiratos y Bahréin retiraron temporalmente sus embajadores de la capital qatarí.

Libia es un caso que evidencia las fisuras dentro del denominado bloque suní. El país es abrumadoramente suní, pero se encuentra profundamente dividido y sumido en una guerra civil desde las revueltas populares y la operación de la OTAN que acabaron con Gadafi en 2011. Actualmente, Libia está divida entre dos Gobiernos. Por un lado, los Emiratos y Egipto dan apoyo a un Ejecutivo secularista al este del país, mientras que Turquía y Qatar respaldan a un Gobierno de corte islamista en Trípoli. Libia es la prueba de que el enquistamiento de la violencia tiene menos que ver con inquinas sectarias que con cálculos geopolíticos de países vecinos.

Estas disonancias también se evidenciaron durante el golpe de Estado contra Erdoğan en verano de este año. Arabia Saudí tardó 15 horas en condenar la acción del ejército y algunos medios han acusado a los Emiratos de financiar a los responsables del fallido golpe. Mientras tanto, Irán, que lleva años batallando indirectamente con Turquía en Siria, fue el primer país en condenarlo.

Finalmente, existe un tercer grupo dentro del sunismo que en realidad está compuesto por centenares de organizaciones que merman la supuesta unidad suní. Se trata de las numerosas milicias yihadistas que, a pesar de recibir apoyo logístico o financiero por parte de los Estados suníes, siguen considerando dichos regímenes ilegítimos.  La relación entre los Gobiernos y los grupos yihadistas debe entenderse más como de mutuo beneficio y no basada en una concepción similar de la religión. El Estado Islámico, por ejemplo, ha dedicado más tiempo y recursos a derrotar a otros grupos rebeldes suníes que a luchar contra Al Asad.

A pesar de los evidentes sentimientos sectarios que poseen, estos grupos son capaces de acciones pragmáticas para perseguir sus intereses. En 2016, el exjefe de los servicios secretos israelíes admitió que su país asistió a los yihadistas del Frente al Nusra, la filial de Al Qaeda en Siria, en los Altos del Golán. Esta pasmosa alianza obviamente no está basada en un sentimiento de afinidad, sino en intereses comunes; en este caso, arrebatar posiciones claves a la milicia libanesa Hezbolá, que combate junto al Gobierno sirio y supone uno de los mayores riesgos para la seguridad de Israel.

Chiíes

El denominado bando chií tampoco está exento de disonancias. Recientemente se ha popularizado la expresión “media luna chiita” para referirse a la alianza entre Hezbolá, Siria, Irak e Irán.  Aunque ciertamente estos actores son estrechos aliados, los motivos de dicha unión no deben buscarse en simpatías dogmáticas. La coalición original entre el régimen laico, baasista y panárabe de Siria con la teocracia persa de Irán nunca se ha basado en el credo, sino que es heredera de la amenaza común que suponía el régimen laico, baasista y panárabe de Sadam Huseín.

La rivalidad entre Arabia Saudí e Irán que se esparce por todo Oriente Próximo no se basa en diferencias religiosas surgidas tras la muerte de Mahoma, sino en intereses regionales opuestos. Fuente: Kal (The Economist)

Es común también reducir a los alauíes o a los zaydíes a una rama del chiismo, pero sus credos heterodoxos son bastante distintos al chiismo mayoritario. En realidad, las creencias de los alauíes han permanecido ocultas durante siglos a los principales clérigos del chiismo. No fue hasta 1948 cuando los primeros estudiantes alauíes atendieron por primera vez a seminarios religiosos en la ciudad iraquí de Nayaf, centro de la teología chií. Los alumnos fueron insultados y humillados por sus creencias y, al cabo de poco, la mayoría de ellos volvieron a Siria. Recientemente, un grupo de líderes religiosos alauíes emitió un comunicado donde negaban su condición de “rama del chiismo” con el objetivo de distanciarse del régimen de Al Asad y de Irán.

Tampoco es extraño encontrar alianzas entre grupos suníes y chiíes que no encajan en el molde del relato de los odios remotos. Irán lleva décadas siendo el principal proveedor del islamista Hamás y Al Qaeda y los talibanes también han colaborado con Teherán cuando ha sido necesario. En Siria, grupos palestinos suníes luchan junto a Al Asad y su ejército sigue estando formado mayoritariamente por suníes, y en Irak varias tribus suníes del oeste colaboran con Bagdad para frenar a los terroristas del Estado Islámico.

Si bien es verdad que afinidades religiosas o ideológicas pueden ayudar a la hora de confeccionar alianzas y, sobre todo, justificarlas discursivamente, la geopolítica de Oriente Próximo sigue rigiéndose mayormente por los intereses particulares de los Estados.

Implicaciones políticas: un país para cada grupo étnico

Podría parecer que el mito de los odios remotos es simplemente una ocurrencia de periodistas o pretendidos expertos sin un conocimiento profundo de la región, pero su propagación no es inocua y tiene consecuencias políticas. Bill Clinton, influido enormemente por un libro de Robert Kaplan, planeó la política estadounidense en la guerra de Bosnia basándose en la creencia de que musulmanes, católicos y ortodoxos llevaban linchándose desde hacía siglos. Barack Obama también actúa influido por el relato de los odios remotos entre suníes y chiíes. Durante el último discurso sobre el estado de la Unión, aseguró que parte de la actual agitación en Oriente Próximo está “originada en conflictos de hace miles de años”, y en más de una ocasión ha manifestado su preocupación por los odios sectarios entre países.

La percepción de que los distintos grupos etnorreligiosos no pueden coexistir debido a los odios eternos es en primer lugar errónea y en segundo lugar peligrosa. Por un lado, pretende velar cualquier atisbo de culpabilidad europea y estadounidense sobre el estado actual de la región. Dado que llevan luchando desde hace miles de años, el apoyo occidental a dictadores represores, a grupos rebeldes partidarios de limpiezas étnicas o la calamitosa guerra de Irak que oxigenó el sectarismo, no son responsables del estallido sectario actual.

Asimismo, la consolidada imagen de los orientales como seres empujados por pasiones étnicas y religiosas propensos a matarse entre sí conlleva otra grave consideración: la corriente —creciente— de opinión que pide redibujar el mapa de Oriente Próximo basándose en las fronteras de la secta. Desde la invasión iraquí, pero especialmente tras las revoluciones árabes de 2011, se han popularizado varios mapas que pretenden rediseñar las fronteras de la región para así salvarla de estos odios étnicos. Numerosos políticos y expertos han abogado por el desmembramiento de Irak o Siria, a pesar de que tales pretensiones secesionistas no figuran en las agendas de los grupos suníes, chiíes o alauíes. Estos cartógrafos amateurs culpan al acuerdo Sykes-Picot, que partió las provincias otomanas tras la Primera Guerra Mundial, de todos los males de la región. A su parecer, el gran error de las potencias coloniales fue crear Estados “artificiales” donde las sectas y otros grupos étnicos se mezclaban, imposibilitando así la concepción de un Estado homogéneo a la europea. Lo que muchos de estos artículos olvidan mencionar es que la creación del Estado nación europeo se basa en siglos de limpiezas étnicas y genocidios culturales para lograr tal nivel de uniformidad.

En 2006, un teniente coronel del ejército estadounidense, Ralph Peters, publicó su versión de lo que debería ser la región arguyendo que, “sin esta revisión considerable de las fronteras, no conseguiremos un Oriente Próximo en paz”. Más recientemente, el New York Times publicó un mapa donde troceaba cinco países en 14 pedazos.

Propuesta de Ralph Peters. Fuente: Wikimedia
Propuesta de Ralph Peters. Fuente: Wikimedia

Es ilusorio pensar que la única vía para la paz en la región es meter a cada grupo étnico en su propia caja, sellada y separada de las demás. La Historia de Oriente Próximo está plagada de violencia dentro de la misma secta; solo hace falta mirar a países como Argelia, Libia o Egipto, que, a pesar de no tener minorías chiíes relevantes, poseen un pasado reciente con abundante violencia. Este artículo no pretende argumentar que cualquier tipo de modificación fronteriza en la región es perjudicial ni niega la existencia de la violencia sectaria. Su intención es evidenciar el peligro de que las políticas occidentales en la región estén basadas en los mismos principios orientalistas de hace cien años, que reducen la identidad y los intereses de los actores de la región a la secta hasta un punto absurdo. Paradójicamente, el uso del prisma sectario acostumbra a conllevar políticas sectarias. Establecer cuotas de poder confesionales, como en Irak, o confeccionar un país para cada etnia solo comportará la creación de nuevas minorías a las que se les negará la plena consideración de ciudadanos por no pertenecer a la nación.

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